La dispersión de Rayleigh tiñe de rojo el cielo de Caracas en medio de los rescates

Los habitantes de la capital registraron en imágenes la tarde de este martes un vistoso fenómeno atmosférico al cierre de junio y quinto día después del doble terremoto del pasado miércoles, contrastando con el panorama de las labores de búsqueda y rescate

Foto: Agencias

Las redes sociales se llenaron este martes 30 de junio de fotografías del atardecer en Caracas. Tras días de intensas labores por parte de los rescatistas y los voluntarios para buscar a las personas que se encuentran bajo los escombros de las edificaciones que colapsaron debido a los terremotos registrados el pasado miércoles 24, el cielo de la capital se tiñó de rojo y morado para despedir un día más luego de esta tragedia, así como junio.

Diferentes fotógrafos y medios de comunicación publicaron las imágenes que demuestran los contrastes de la naturaleza, entre las consecuencias de un sismo de gran magnitud y la majestuosidad del cielo apreciado en la gran Caracas.

El fenómeno de que el firmamento adquiera estas coloraciones, generalmente durante el amanecer o el ocaso, se debe a un principio físico conocido como la dispersión de Rayleigh, que explica cómo interactúa la luz del Sol con la atmósfera terrestre.

La luz que llega de la estrella solar es blanca y está compuesta por todos los colores del espectro visible o del arcoíris, de modo que cada tono viaja en ondas de diferentes longitudes: las opciones como el azul y el violeta poseen longitudes de onda cortas, mientras que el naranja y el rojo presentan longitudes de onda largas.

Cuando el Sol se encuentra en lo alto, específicamente al mediodía, su luz atraviesa una capa de aire relativamente delgada, lo que permite que las moléculas de gas dispersen la luz de onda corta azul en todas direcciones con mucha facilidad y por eso la gente común observa el cielo de ese color.

Sin embargo, durante el amanecer y el atardecer, el astro rey se ubica muy bajo en el horizonte, lo que obliga a que la luz solar tenga que recorrer una distancia mucho mayor a través de la atmósfera, hasta 10 veces más capas de aire, para llegar a los ojos de las personas.

En ese trayecto tan prolongado, la mayor parte de las ondas cortas azules y violetas se dispersan y se pierden por el camino mucho antes de alcanzar tierra, mientras que las ondas largas rojas y naranjas logran atravesar esa densa capa de aire sin disgregarse tanto, llegando de forma directa al ojo humano y tiñendo el firmamento de esos matices cálidos.

No obstante, los analistas recuerdan que no todos los crepúsculos son igual de intensos, ya que el color rojo puede volverse extremadamente brillante o dramático debido a la presencia de partículas en suspensión o aerosoles, como el polvo, el humo, la polución o los cristales de sal marina en el aire, que ayudan a dispersar aún más la luz.

De igual forma, las cenizas y los gases inyectados a la estratosfera por grandes incendios o erupciones volcánicas pueden hacer que los cielos se vuelvan de un rojo ardiente durante meses a miles de kilómetros de distancia, mientras que las nubes altas, como los cirros en el oeste, actúan como una pantalla de cine que refleja la luz roja que viene desde abajo y la proyecta hacia la superficie.

En el contexto actual de la capital, queda la duda de si este arrebol fue un proceso estacional o si se intensificó por el polvo en suspensión que dejaron los colapsos causados por el sismo.

Fuente: El Nacional

 

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