Profesora tras perder a más de 230 alumnos en La Guaira por el doble terremoto: “Eran como mis hijos”

La profesora Madeleine Cova trabajaba en el colegio privado Alejandro Otero, donde impartía Castellano y Literatura, de primer a quinto año de secundaria, y era coordinadora del segundo año (de secundaria) en el liceo público Juan José Mendoza, en donde sigue trabajando

Foto: Agencias

“Muchas personas no entienden por qué me siento así, si mi familia está bien, si mis hijos están bien, si a mí no me pasó nada”, cuenta la profesora Madeleine Cova. “Pero siempre estoy triste”. Ella dice que está de “duelo”. “Estaba demasiado involucrada con mis niños”.

Se refiere a sus más de 230 estudiantes que murieron y más de 200 desaparecidos en el doble terremoto que sacudió el norte del país el pasado miércoles 24 de junio.

“Hay personas que no entienden mi sentir, que cuestionan por qué aún me siento tan mal. En mis estados de WhatsApp coloco a mis niños, siempre les dedico canciones”, contó a BBC Mundo.

Con los estudiantes a quienes les dio clases, Cova estableció una relación muy estrecha. “Me contaban sus problemas, sus metas, hablábamos muchísimo, salíamos a comer, yo iba a sus cumpleaños”.

“Las mamás que perdieron a sus muchachos me llaman, me escriben, nos consolamos mutuamente. Yo les digo: ‘No sé cómo haces para levantarte cada mañana. Si yo me siento mal, ¿cómo te sentirás tú que eres la madre?’. Es un dolor que no puedo describir porque es inmenso y me afecta muchísimo todavía”.

“Me pasa que estoy en sitios a donde fui para recrearme y me siento culpable porque no quiero sentirme bien, no quiero olvidar lo mucho que significaron para mí y que ya no están”. “Para mí, eran como mis hijos”.

En dos planteles

La profesora Cova nació en La Guaira. Antes del sismo, trabajaba en el colegio privado Alejandro Otero, en La Guaira, donde impartía Castellano y Literatura a los cursos que iban de primer a quinto año de secundaria.

También era coordinadora del segundo año (de secundaria) en el liceo público Juan José Mendoza, en donde sigue trabajando.

La profesora Cova cuenta que muchos de los estudiantes del liceo Juan José Mendoza vivían en algunas de las zonas más devastadas por los sismos.

“Muchos niños murieron, muchos quedaron huérfanos, las cifras son horribles. De hecho, somos el centro educativo con más niños fallecidos confirmados, más de 230”.

“Teníamos, aproximadamente, 22 secciones de lo que es la educación media general, que es la secundaria, sin incluir los años de primaria. De esas 22 secciones, solo hemos llenado cinco secciones, una por año, es decir, un primer año, un segundo año, un tercer año y así sucesivamente, antes había primer año A, primer año B, primer año C, D, E y hasta F”.

“Tener una sola sección es devastador por el trasfondo: tantas perdidas más todos los alumnos que se han ido a otros estados de Venezuela, en busca de refugios temporales con sus familiares. Perdimos mucha población estudiantil”.

“Los docentes estamos rotos, estamos inmensamente rotos”.

“Como si me faltara una parte de mi cuerpo”

Pensar en los alumnos de ambos planteles que murieron es desolador. “Me queda un vacío, es como si me faltara una parte de mi cuerpo”.

En el colegio donde daba clases de Castellano y Literatura, dice que perdió a 16 de sus estudiantes. Cuando piensa en ellos, siente que, “de alguna manera”, pudo haber hecho algo para “no perderlos”.

“Ese sentimiento de culpa terrible me persigue y me digo: ¿por qué ese día feriado opté por descansar y no por inventar algo con ellos?, ¿por qué no invité a los muchachos a la playa, a hacer un compartir?, ¡Dios mío ¿por qué no hice tal cosa o tal otra?! Y todo eso me hace sentir muy mal”.

“Además, como me tuve que ir a Caracas a apoyar a mi sobrina que resultó herida, tengo sentimiento de culpa por no haber estado cuando los buscaban entre los edificios caídos. Eso me atormenta”.

“Esos niños eran mi felicidad y no es que desplacen mi felicidad con mis hijos y con mi familia. Es un tipo de felicidad diferente y también hermoso”.

Sonríe cuando me cuenta que ir al colegio era llegar a “mi lugar feliz”.

“Mis mañanas eran una cosa de otro mundo. Llegaba antes de que tocaran el timbre y venían en grupo, me agarraban, ‘Made, bendición’, me decían algunos”.

“Teníamos dos recreos de 20 minutos entre clases y se supone que uno va al baño, desayuna, pero yo no podía, me decían: ‘Made, ven acá que te voy a contar un problema’, ‘¿tú sabes qué me pasó?’. Era su amiga y ellos eran mis amigos”.

Y es que recuerda que notaban si algún día estaba decaída.

“Quizás llegaba muy callada, ni siquiera era que tuviera mala cara, y me decían: ‘¿Qué te pasa Made?, ven acá, no te sientas así'”.

De un jardín al salón

Cova dice que nació para ser profesora. “Viví con mi familia en casa de mi abuela. En su patio había una pared enorme y un jardín con muchas flores”, recuerda de su infancia.

“Yo les daba clases a esas flores. Ellas eran mis alumnos y en la pared rayaba las tareas. Siempre quise ser docente, desde niña”.

Cuenta que “los docentes acá, en Venezuela, son muy cercanos”. “Lo sé”, le digo. Tengo recuerdos hermosos de mis maestros en escuelas de Caracas. De hecho, sigo en contacto con una de las más queridas, mi profesora de matemáticas de la secundaria llamada Claret. Ese vínculo no conoce el paso del tiempo.

La experiencia de Cova le ha demostrado que a veces los jóvenes se sinceran más con un docente con el que conectan, que se sienten más libres para expresar si algo les preocupa.

“Le decimos al alumno: ‘Ven acá, ¿por qué te sientes así?, ¿qué pasó?, ¿por qué no estás escribiendo? Vamos a hablar”.

“Uno se relaja en algunos temas, les aclara las dudas, los consuela, ‘vamos a buscarle la vuelta a este problema, tranquilo’ y te escuchan”.

Destaca la riqueza de contenidos académicos accesibles en internet, pero “está en nosotros, aplicando la pedagogía del amor, hacer que ese conocimiento sea significativo, que lo disfruten, que les quede”.

Y también que ese encuentro en la escuela sea valioso, que “le tomen cariño a la materia” y que se sientan motivados.

“Lo académico quizás se puede quedar corto, pero a mí me encanta que ellos sepan que no son un número, que no son un pupitre”. “Quizás un tema u otro lo van a olvidar, pero lo que nunca se les va a olvidar es cómo los tratamos”.

Los que se fueron de La Guaira

Cova perdió a su padre en el deslave que ocurrió en La Guaira en 1999. “Me dolió muchísimo, perdí como 20 kilos por la depresión, fue mi primer duelo fuerte. Pero esto que he experimentado con todos mis niños ha sido otra cosa”.

“Es como si todos fueran mi familia, mis sobrinos y me hacen faltan. Quiero saber que, aunque no están conmigo, están bien en otro lado”.

“Perder a los que murieron y a los que se fueron del estado me ha afectado muchísimo”. “Sé que están bien y eso me calma un poco, pero quisiera estar con ellos. Los voy a atesorar por siempre, me van a hacer falta”.

Por ahora, no tiene previsto volver al colegio privado en el que enseñaba Castellano. “Tuve que retirarme de allí, el duelo no me permite regresar. Intenté entrar, pero me afectó demasiado, muchos recuerdos de mis 16 muchachos”.

“Siento como que me quitaron una parte del cuerpo, como si me faltara un brazo, no sé definirlo, solo sé que es muy desolador vivir todavía acá”.

Tiene familiares que viven al otro lado del estado y que para llegar allá tiene que cruzar una de las áreas más devastadas por los terremotos. “Voy en el carro y me siento muy triste cuando paso por ahí, es una lucha enorme”.

Y es que ve los escombros en que se convirtieron las viviendas de algunos de sus estudiantes. “Yo conocía a mis niños, sabía dónde vivían”.

“Siempre he sido de La Guaira, no me imagino vivir en otro lado. Es algo que distingue al guaireño, le cuesta adaptarse a otros entornos, uno es mar, uno es estos atardeceres”.

“Mi sobrina que, gracias a Dios ya está mejor, me propuso mudarme a Caracas”. “Pero, aquí, en La Guaira están mis afectos, mi madre, mi familia, aunque no lo descarto porque a veces el miedo me invade”, dice desde su casa que “sufrió daños menores”.

Sigue trabajando como docente del liceo público Juan José Mendoza que, me cuenta, no sufrió daños estructurales, pero al que han sometido a un proceso de acondicionamiento. “Mientras tanto estamos atendiendo a los niños en otra institución cercana”.

“Vamos a vivir por ellos y por nosotros”

Cova se unió al profesorado de otro colegio. “Murió una colega que daba mi asignatura y me llamaron”. “El recibimiento fue con un grupo de psicólogos muy bueno y van a empezar a atendernos porque es importante el bienestar del personal”.

“No lo quería admitir, pero lo necesito”, dice. “Estaba negada, pero necesito que me orienten, estoy muy anclada al duelo”.

“Algunos de mis estudiantes me escriben: ‘Made, no, quédate tranquila, vamos a vivir por ellos y por nosotros’. Ellos mismos, los que se fueron de La Guaira porque perdieron sus cosas, me han levantado, me escriben, me aconsejan”.

Cova hace un llamado para que se ayude a los docentes de La Guaira y de cualquier lugar que se sientan afectados por los terremotos.

“Cuando tú eres docente y tu fuente de trabajo la tienes allí, abrazándote, ¿cómo te arrancas el dolor?”.

Me dice que recuerde que los profesores de secundaria cambian de grupo cada hora y media. “Ahora piensa en las maestras que están todo el día con sus niños y están sufriendo por los que perdieron”.

Fuente: BBC Mundo

 

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