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En la historia hay errores que se pagan caros. Fue el caso de los mantuanos criollos, la élite blanca, los hijos de los primeros españoles que conquistaron la Tierra Firme, la prosapia de la Colonia; los que practicaban la “tiranía doméstica”, según el decir de uno de sus miembros principales: Simón Bolívar, en la Carta de Jamaica (1815). Es el mismo Bolívar que desde la derrota y el exilio escribe a su contertulio inglés la siguiente falacia: “La posición de los moradores del hemisferio americano ha sido por siglos, puramente pasiva: su existencia política era nula. Nosotros estábamos en un grado todavía más bajo de la servidumbre, y por lo mismo con más dificultad para elevarnos al goce de la libertad”.
¿Qué es libertad en una monarquía? El Bolívar, repentinamente republicano, proviene de la élite aristocrática que se enseñoreó en la Provincia de Venezuela. Seiscientos cincuenta y ocho familias de aproximadamente cuatro mil personas fueron los mantuanos que se lanzaron al vacío de una Independencia solo reflejada en los papeles junto a los impulsos irracionales que produce el miedo a perder sus muchos privilegios. La servidumbre de los mantuanos eran los blancos pobres, en su mayoría canarios, los pardos: “gente vil”; y los invisibles: indígenas y esclavos negros.
Los funcionarios metropolitanos, unas mil 500 personas, eran los principales aliados de los mantuanos. Es por ello que Bolívar, gran amigo del capitán general Emparan, no participó de los acontecimientos del 19 de abril. Los mantuanos, alrededor del cabildo caraqueño, le dieron un golpe de Estado a las principales autoridades metropolitanas, no por querer la libertad, sino por una ambición contraria al propio interés como clase social dominante. Al atacar la estructura colonial que les soportaba se suicidaron políticamente.
El 19 de abril de 1810, en Caracas, no fue un pronunciamiento contra España, al contrario, la Junta se denominó como Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII. Emparan fue acusado de afrancesado y el patriotismo criollo siempre estuvo del lado de la metrópoli perdida. Había que actuar antes que los sectores sociales “inferiores”, rebosantes en número, se fueran a alzar y cuestionar los privilegios y la supremacía política económica, religiosa y social de los mantuanos.
Cambiar para no cambiar nada, puro gatopardismo; solo que los cálculos salieron mal, y las “semillas de odio” que ya habían sembrado entre sus oprimidos se les volvió en contra tanto en el año 1812 con el canario Monteverde y en 1814 con el asturiano Boves, mandando ambos, sobre ejércitos de venezolanos descamisados.