Juan, un joven de 20 años, asegura haber sido torturado física y psicológicamente por las fuerzas de seguridad del Estado tras ser detenido en el marco de las elecciones presidenciales del 28 de julio. “Ya me torturaron y me reprimieron, pero no me van a callar. Mi voz es lo único que me queda”, señala en una entrevista a BBC.
El joven, cuyo nombre fue cambiado en la entrevista para proteger su identidad, fue una de las 1.800 personas que, según la oenegé Foro Penal, fueron detenidas en las protestas luego de que el Consejo Nacional Electoral (CNE) anunciara, sin difundir las actas electorales, a Nicolás Maduro como el ganador de la contienda, un resultado que la oposición y numerosos países califican como un fraude electoral.
Juan fue excarcelado a mediados de noviembre, días después de que Maduro llamara a las autoridades judiciales a “rectificar” si hubo injusticias en las detenciones. Afirma que muchos de los detenidos son maltratados, les dan “comida podrida” y a los más rebeldes los encierran en cuartos de tortura.
Mostró a BBC Mundo documentos y pruebas que corroboran su relato, que coincide con otros testimonios y con las denuncias de oenegés.
“Un campo de concentración”
El joven, quien es conocido en su localidad por su activismo político, cuenta que después de los últimos comicios el país amaneció bajo una alta vigilancia policial y militar. Afirma que estaba en la calle haciendo una diligencia cuando un grupo de hombres encapuchados lo interceptó, le tapó la cara y lo golpeó mientras le decía que era un terrorista.
“Me sembraron bombas molotov y gasolina, y luego me llevaron a un centro de detención”, prosigue. Señala que no es la primera vez que le pasa esto. En 2017, cuando decenas de miles de venezolanos salieron a las calles para protestar en contra del gobierno de Maduro, también lo “secuestraron”.
Desde entonces, dice que las autoridades lo amenazan y lo acosan constantemente. Pero esta vez, lo acusan de terrorismo, incitación al odio, entre otros crímenes.
Estuvo detenido en una prisión por varias semanas hasta que lo trasladaron a Tocorón. Allí viviría lo que califica como la peor experiencia de su vida.
“Cuando llegamos a Tocorón, nos desnudaron, nos golpearon, nos insultaron, nos gritaban ‘terroristas’. Teníamos prohibido subir la cara y mirar a los custodios; teníamos que bajar la cara hacia el piso”, relata Juan.
A Juan le asignaron una pequeña celda de tres metros por tres metros, que tenía que compartir con otras cinco personas. Allí había seis camas distribuidas en tres literas y un “cuadrito” sin privacidad en una esquina, en el que había un pozo séptico y “un tubo que servía como regadera”.
Describe las camas como “tumbas de cemento” con una colchoneta muy fina. “Más que una cárcel, en Tocorón me sentí en un campo de concentración. Me hizo pensar a lo que he visto en películas y escuchado de los campos de concentración y tortura de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile”.
El excarcelado indicó que el día a día de los presos en Tocorón era conocido como “monótono e inhumano”. “Nos torturaban física y psicológicamente. No nos dejaban dormir, siempre pasaban para pedir que nos levantáramos y nos alineáramos”, explica.
“Nunca sabíamos qué hora era porque no había relojes. Comenzamos a preguntarles la hora a los visitantes y luego con los rayos del sol empezamos a calcular la hora a medida que la luz del sol subía por la pared. Nos despertaban a eso de las 5.00 de la mañana para que nos alineáramos detrás de la celda. Los custodios nos pedían mostrar nuestros pases y números”.
Añade que a eso de las 6.00 de la mañana les activaban el agua por seis minutos para que se bañaran. “Seis minutos para seis personas y una sola regadera, con un agua muy fría. Si eras el último y no te daba tiempo de sacarte el jabón, te quedabas enjabonado el resto del día”, relata.
Luego, agrega, que esperaban por el desayuno, que a veces llegaba a las 6.00 de la mañana y otras veces a las 12.00 del mediodía. “Aparte de esperar por las comidas, no había nada más que hacer. Solo podíamos caminar adentro de la pequeña celda y contar historias. También hablábamos de política, pero en voz baja, porque si los custodios nos escuchaban nos castigaban”.
Juan afirmó que muchos de sus compañeros estaban deprimidos y a algunos se les quitaron las ganas de vivir: “Muchos actuaban como zombis. Solo esperaban la comida, que además era de pésima calidad”.
“Nos daban comida podrida. A veces servían pellejo de carne con arroz picado, el que se les da a las gallinas o a los perros. Otras veces nos daban sardinas que ya habían caducado”.
“Caminar como ranas”
El día que salió de la prisión, Juan recuerda que a todos los presos que iban a ser excarcelados les tomaron fotos frente a un plato con una buena comida balanceada: “Me imagino que lo hicieron para tener ‘pruebas’ de que nos trataron bien”. Pero asegura que pasó mucha hambre y que incluso todavía tiene hambre.
Según Juan, a algunos detenidos les daban palizas rutinarias o los hacían “caminar como ranas” con las manos en los tobillos. También describe “celdas de castigo”, a donde mandan a aquellos que consideran como los más rebeldes, relata Juan, o a aquellos que se atreven a hablar de política o a pedir una llamada telefónica para comunicarse con sus familiares.
“Les llaman ‘los tigritos’ y las condiciones son verdaderamente inhumanas”, asevera Gonzalo Himiob, abogado del Foro Penal. Juan dice que estuvo en “el tigrito” de Tocorón y que recibía una comida cada dos días.
“Es una celda muy oscura y mide un metro por un metro. Pasé muchísima hambre. Me da hambre de solo recordarlo. Lo que me mantenía con fuerzas era pensar en todas las injusticias que estaban pasando y que algún día iba a salir de allí”, cuenta.
En Tocorón hay otra celda de tortura conocida como la “cama de Adolfo”, relata Juan. Los presos dicen que se le llama así en homenaje a la primera persona que murió allí.
“Es un cuarto oscuro y sin mucho oxígeno del tamaño de una bóveda. Te meten ahí por unos minutos hasta que no puedas respirar y te desmayes o comiences a golpear la puerta con desesperación. A mí me metieron y duré poco más de cinco minutos. Pensé que me iba a morir”, recuerda.
“Yo lo siento por mi mamá, mi familia y la gente que me quiere, que siempre me piden que me quede tranquilo, pero yo nunca dejaré de luchar por el futuro de Venezuela”, prosigue, antes de agregar que el poco miedo que tenía lo perdió en la cárcel de Tocorón.
El joven cuenta que en esta prisión los reclusos tienen 10 minutos para salir de la celda tres veces a la semana.
“Hay dos canchas y son 10 minutos en los que los presos juegan fútbol, voleibol o caminan. Pero a veces no da tiempo ni de tocar la pelota. Muchos se quedan en sus celdas, porque es más lo que se tarda en salir en fila, bajar y subir, que lo que duramos abajo”.
“El Gobierno trata mejor a otros presos, que de verdad son delincuentes, que a nosotros. Si visitas otra prisión venezolana, verás que los reclusos toman alcohol, fuman, tienen teléfonos y hasta Netflix”.
Himiob, abogado y activista del Foro Penal, califica las condiciones de los detenidos en Tocorón como “deplorables” y afirma que se les están violando derechos fundamentales como el acceso a una defensa privada.
“A todos les imponen abogados defensores públicos. Inicialmente, no les permitían el contacto con sus familiares, pero incluso hoy en día ese contacto sucede de forma esporádica”, explica.
El Gobierno venezolano dijo en un comunicado que esta investigación “responde a la intención de instrumentalizar los mecanismos de justicia penal internacional con fines políticos, todo ello sobre la base de una acusación por supuestos crímenes de lesa humanidad que nunca han ocurrido”.
Según Juan, muchos de los detenidos en Tocorón solo piensan en una fecha: el 10 de enero de 2025.
Confían en que ese día serán liberados después de que se produzca una transición política, pues es cuando debería efectuarse el traspaso de poderes tras la elección presidencial del pasado 28 de julio.
“Amor al país”
Juan admite que siente una extraña sensación de remordimiento, porque cientos de sus “compañeros aún están sufriendo” en prisión.
El joven, quien dice que nunca se ha planteado emigrar, sostiene que sueña con una Venezuela próspera. “Quiero que todos podamos vivir bien y en armonía y en donde los jóvenes tengamos la oportunidad de ir a la universidad”, señala.
“Amo a mi país profundamente. Aunque estemos pasando por la peor crisis y que tengamos cortes eléctricos casi a diario en el interior del país, los venezolanos seguimos siendo un pueblo alegre y positivo”.
Juan indica que el 10 de enero planea estar nuevamente en la calle acompañando a Edmundo González, pese a las amenazas que recibió al ser excarcelado. “Ya no le temo al Gobierno de Venezuela. Ya me culpan de los peores delitos que se les pueden imputar a alguien, como terrorismo, pese a que soy un chamo que no ha hecho más que amar a nuestro país y ayudar a las personas que me rodean”, señala.
El padre de otro joven excarcelado le contó a BBC Mundo que su hijo no ha parado de llorar desde que regresó a casa.
“Hemos tratado de darle tranquilidad. Lo noto consternado. Tiene pesadillas. Se despierta en la noche pensando que sigue detenido”, relata.
“A mí me da temor hacerle preguntas inapropiadas. No sé si intentaron abusar de él. No he querido confrontarlo. Más bien estoy buscando ayuda de un psicólogo”, prosigue.
El joven, como la mayoría de los excarcelados, tiene régimen de presentación cada 30 días en un tribunal de terrorismo de Caracas.
“No quiero que salga solo a ninguna parte. Él jugaba básquet e iba al gimnasio. Ya no quiero que salga a ninguna parte. Tengo un temor permanente de que lo vuelvan a buscar. Yo prefiero que esté lejos”.
Fuente: BBC Mundo
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