Rescatista de La Guaira: “Siento que jamás podré arrancarme ese olor a muerte”

La nutricionista Daniela Villarroel, bombera voluntaria de la UCV, trabajó 18 días entre los escombros tras el doble terremoto

Foto: Agencias

Daniela Villarroel prefería quitarse las botas y el uniforme en el jardín. Quería evitar que las estancias de su casa quedaran impregnadas del olor a muerte que la acompañaba después de buscar sobrevivientes del doble terremoto del pasado 24 de junio en el estado La Guaira.

“No podía dormir, no tenía apetito, oía voces. Lo más fuerte para mí fue el olor… Era un olor tan fuerte que no tenía punto de comparación. Siento que jamás voy a poder arrancarme ese olor a muerte”, confesó a BBC Mundo tras trabajar 18 días entre los escombros.

Reveló, además: “Ese olor se te pega al uniforme, a tus guantes, a lo que tengas puesto. Tuve que botar ropa, lavar y lavar mi uniforme porque solo tenía uno. Después todo me olía a lo mismo, incluso las toallas”.

La joven de 28 años suspendió su trabajo como nutricionista durante tres semanas, para ayudar en el rescate de sobrevivientes y la recuperación de cuerpos en el estado costero.

Durante los siete años que suma en el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Daniela nunca había enfrentado era el desafío de liberar personas aplastadas por edificios desplomados. Cuenta con una certificación como paramédica en Dublín, Irlanda.

“Apenas te veían, los sobrevivientes te tomaban de la mano para llevarte hasta el sitio donde habían quedado sus familiares”, cuenta al recordar cuando llegó a La Guaira por primera vez después de los dos terremotos.

Por ser un cuerpo de bomberos voluntarios, Daniela y sus compañeros no devengan un sueldo y disponen de los equipos que compran con su propio dinero.

Medir 1,60 metros y pesar 58 kilos la convirtió en la candidata perfecta para entrar en los agujeros más estrechos, que en algunos casos ella describe como el área que sumarían “cuatro hojas de papel carta” dispuestas en un cuadrado.

“Imagínate que estás dentro de un túnel, ahí dentro de ese huequito, y ocurre una réplica y lo primero que escuchas es la gente diciendo: ‘Está temblando otra vez’. Entonces ves piedras o tierra cayendo”, recuerda sobre los primeros días.

“En ese momento, lo más importante es el apoyo psicológico al sobreviviente. Decirle que se calme, decirle que ya lo estamos ayudando. Por eso hay que mantener la calma, porque tú eres el sostén. Si tú te quiebras, más rápido se va a quebrar él”.

La primera vez que Daniela apoyó a una víctima bajo las ruinas fue durante el rescate de Gabriel, un hombre de 22 años que respiraba gracias a “una especie de colchón de aire” que crearon a su alrededor los cuerpos de su padre, su madre y su esposa embarazada, que impidieron que terminara aplastado por los escombros.

“Bajé como unos seis metros por un túnel de un metro de diámetro. Tenía que entrar como si fuese un gusanito. Desde la incomodidad, me puse a liberar espacio para tener las dos manos libres y empujar con los pies”.

Cuando Daniela alcanzó a Gabriel, descubrió que estaba boca abajo y solo le veía los pies, el abdomen y la cabeza. Al preguntarle si tenía algo en los bolsillos, él respondió que guardaba el reloj que le había quitado a su padre de la muñeca, un collar que su madre llevaba en el cuello y el anillo de casada de su esposa.

“Por favor, no me los botes, cuídalo mucho, porque eso es lo único que me voy a llevar de ellos”, le habría dicho Gabriel justo antes de que los compañeros de Daniela iniciaran la maniobra para sacarlo de los escombros en una tabla de rescate.

Aquella noche, después de limpiarse y abrazar a sus tres perros, Daniela se dio una larga ducha de agua caliente y durmió profundamente, satisfecha por la hazaña de haber salvado una vida.

Pero a medida que pasaban los días y los rescates se complicaban, la rutina antes de dormir era superada por la necesidad de lavar la ropa para contrarrestar el olor putrefacto de los cadáveres.

“Ya te vamos a sacar”

Foto: Agencias

El rescate más largo en el que Daniela participó en La Guaira se prolongó durante ocho horas. La sobreviviente era la tía de un colega bombero en Caribe, una de las zonas de la parroquia Caraballeda que se vino abajo casi por completo durante los sismos.

“Los cuatro primeros pisos de ese edificio quedaron como panquecas y la señora estaba aprisionada en el piso 2”, cuenta Daniela. Las ruinas eran tan inestables, que se organizaron por parejas para trabajar en bloques de 20 minutos y despejar el acceso progresivamente.

Una vez más, ser pequeña y ligera le dio ventaja para localizar a la tía, como empezaron a llamarla desde el inicio del rescate. “Metí la cabeza y la linterna y pregunté: ‘¿Hay alguien allí? ¿Me escuchan?”.

La mujer respondió. “Tía, explícame el contexto para ayudarte”, le dijo Daniela. Le pidió que le describiera cómo estaba su cuerpo, si podía mover las manos y las piernas y qué elementos la rodeaban.

Cuando la tía tocó una puerta que la aprisionaba, el sonido le reveló a Daniela dónde estaba. De esa forma, los bomberos descubrieron que debían desmantelar una mesa de madera para sacarla.

“Se escuchaba lejos, en ese momento lo veíamos tan complejo que parecía imposible, pero íbamos entrando y saliendo, discutiendo cómo podíamos llegar a ella hasta que lo logramos”.

Después de remover escombros durante largo rato, Daniela se topó con dos cuerpos. “Puse unas láminas sobre la muchacha y el señor para no tener que verlos ni pisarlos cada vez que pasábamos por ahí”.

Horas más tarde, Daniela logró ver a la tía. “Tenía una bata rosada, estaba sentada en posición fetal y se le veía el glúteo y la parte baja de la espalda”.

La rescatista estiró la mano y logró tocarla. “Estaba calientica. Cuando le pregunté si me había sentido, dijo que sí”. Una vez que la alcanzó, Daniela le limpió la cabeza y el cuello. “Estaba tan aprisionada, tan comprimida, que no supe qué hacer”.

“Ya te vamos a sacar”, le decía Daniela, mientras se turnaban el esmeril para cortar las patas de la mesa que obstaculizaba la salida de la tía. “Todo le cayó en la cadera, había que sacarla por los pies”.

A medida que Daniela la ayudaba a estirar las piernas para prepararla para la evacuación, la tía gritaba de dolor. “Tuvimos que empujar, jalar, sentarla y subirla”.

“En ese momento no sientes nada más que el ímpetu de ayudar”, asegura. Lo que no esperaba era que todas aquellas imágenes regresaran por la noche para impedirle dormir.

Lloró a las tres semanas

Pero a partir de la segunda semana, cuando intentaba dormir, las voces que pedían ayuda bajo los escombros sonaban dentro de su habitación, al igual que el ruido de los esmeriles que cortaban muebles y cabillas.

Daniela no logró llorar hasta tres semanas después del doble terremoto, en una consulta con su terapeuta, quien la ayudó a comprender que los recuerdos eran tan vívidos porque estaban involucrados todos sus sentidos.

“El sentimiento que me persigue es que pude haber hecho más”, dice, con la misma voz firme y serena con la que cuenta todo lo que ha vivido.

Fuente: BBC Mundo

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