El Parque Sur de Maracaibo

Antes los zoológicos me producían asombro y gusto, hoy los deploro y condeno porque son cárceles de animales que padecen la falta de libertad

No hay mayor aventura para un niño y hasta para los propios padres, que visitar un parque con animales asombrosos procedentes de África, Asia, Europa y de nuestro propio continente americano. Y más si se trata de un gran espacio que invita al esparcimiento dominical en familia, tratando de romper las descabelladas rutinas de una fatiga con tedio que representa la semana laboral. En una Venezuela en crisis, donde ya ni siquiera se puede ir al cine o hasta la playa más cercana porque los costos representan un atentado al presupuesto más espartano, esta visita al zoológico por tan módico precio, es una completa ganga. 

La primera gran sorpresa es que los visitantes no sólo persiguen ver a los animales en sus encierros deplorables, sino que vienen a guindar hamacas, extender sábanas en el suelo y preparar ya sea un rico sancocho o una muy buena sazonada carne a la parrilla. El día de camping se desarrolla alrededor de una atmósfera con un clima que puede oscilar entre 40 y 45 grados a la sombra, aunque para ser justos, hay muchos árboles que ayudan atemperar ese infernal calor. 

Antes los zoológicos me producían asombro y gusto, hoy los deploro y condeno porque son cárceles de animales que padecen la falta de libertad. Los animales viven en sus encierros a la buena de Dios: el imponente Cóndor de los Andes, el ave andina, luce humillado en su jaula de arquitectura brutalista según el decir de mi hijo mayor; los felinos están más flacos que un faquir de la India; los hipopótamos se bañan en un pozo séptico mientras que el único elefante que queda bien pudiera desarrollar algún impulso suicida como escapatoria a su situación desesperada. Ni que decir del estanque de las babillas y cocodrilos que en vez de agua lo que alberga es la sipa verdosa y mal oliente. Mientras que tratar de ubicar a los manatíes a través de los cristales opacos del mamotreto que tienen como su estanque es una invitación a la sospecha de que ya no existen los infortunados animales.

Maracaibo sólo tiene dos grandes parques, la Vereda, sobrepoblada e insuficiente, para los habitantes de la zona norte, mientras que los vecinos del sur han encontrado refugio en este zoológico, que sin proponérselo sus anónimos administradores, han logrado una réplica del Serengeti africano, aunque al revés. Una vez más, nuestra meridiana improvisación, como registro de fábrica, en otro atentado hacia el “hombre nuevo” y pobre venezolano.

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