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La sociedad marabina les tiene el ojo puesto a los garantes de la seguridad. Las situaciones que se han suscitado en la ciudad han hecho que la labor de los policías, quede desestimada, y mal vista por las comunidades. La misma situación del país ha hecho que los efectivos tengan que rebuscarse para ganarse la vida, porque ahora ser policías, no les resulta.
La mayoría de los funcionarios, sirven a la comunidad por amor al prójimo, por amor al servicio y la seguridad de los demás. Los uniformados se encuentran en medio de una encrucijada moral, entre lo que eligen hacer para sobrevivir, y lo que descartan por tener un compromiso con la sociedad.
Los efectivos tienen una de las profesiones más estresantes, y los diferentes cuerpos que mantienen segura la ciudad, saben de antemano que es así. No solo luchan contra el mal, dentro de su cabeza rondan dos cosas: el sueldo que ganan no es equivalente con todo lo que hacen a diario, y mientras él defiende a la ciudad del mal, nadie resguarda la vida de su familia en su casa. Estos males hacen que su labor no sea eficiente, y cometan faltas ya sea por desgaste físico, o por cansancio mental.
Los funcionarios salen a patrullar con una leve demencia en sus cabezas. Si en su proceso de formación recibieron maltratos -en el caso de no recibir una buena- es probable que descargue esos maltratos a los ciudadanos. Aquí radica el rechazo por parte de la ciudadanía hacia los cuerpos de seguridad, los miran con desdén cuando les pasan por un lado, como si de delincuentes se tratara; pero al ser víctimas del mal en las calles, corren a ellos en busca de ayuda y seguridad.
La sociedad solo se limita a verlos como una figura de seguridad. No se interesan en ver que dentro de los uniformes, hay un hombre, una mujer, preocupado porque su casa está desprotegida, irritado porque el sueldo que recibe no le alcanza para sobrevivir, aterrado de no saber si podrá regresar ese día a su casa; pequeñas fobias que limitan la reacción de los policías.
Seguridad insegura
Los funcionarios policiales viven por lo general en barrios, en sectores donde la delincuencia está bastante activa. Al momento de alistarse al servicio público, tienen dos opciones: se hacen la vista gorda ante el hampa que azota su zona para que no atenten contra su vida y la de su familia, o se concilian con ellos por medio de una tregua. Solo los más valientes toman la decisión de acabar con cada uno de los habitantes malintencionados de su barrio, pero nada les garantiza que cuando se vayan a cuidar otras zonas, uno de estos le haga daño a su familia. El hampa sabe quién es el policía, dónde vive, cómo se llama, quiénes conforman su círculo familiar, saben todo de quien quiere derribarlos.
No existen suficientes oficiales en la ciudad. La Policía Municipal de Maracaibo solo cuenta con poco más de 300 policías en sus filas, la Policía regional alrededor de 650. Aun contando con los oficiales de los otros cuerpos, la ciudadanía marabina se preguntan en dónde están metidos cuando el hampa toca sus puertas, y es que muchos de estos se encuentran resguardando los calabozos de sus respectivos cuerpos.
Hacen mucho y los remuneran poco
La profesión de los oficiales de la policía una labor mal pagada. Por un sueldo mínimo tienen que defender a la ciudad de los azotes de barrio, de los roba carros, de los sicarios, y de los extorsionadores. Se arriesgan tanto para recibir tan poco. Un técnico detective de la Policía científica gana poco más de sueldo mínimo, 150 mil bolívares quincenales, un oficial de la Policía municipal de Maracaibo devenga 95 mil bolívares esa misma quincena, mientras que un uniformado de la Policía regional apenas y logra obtener de 110 mil bolívares. Los efectivos de la Policía Nacional Bolivariana ganan 148 mil bolívares quincenales.
No conforme con esto, en algunas temporadas el Cesta Ticket les llega con meses de retraso, se ven en la necesidad de escarbar con las uñas en la tierra para mantener a su familia. Esto obliga a algunos oficiales a descarrilarse y a aprovecharse de los ciudadanos para sustraerles dinero imponiéndoles multas absurdas o deteniéndoles en la carretera para pedirles “para el refresco”. Aquellos que aún poseen moral, se reinventan y buscan una segunda fuente de ingreso. Incursionan en el comercio, abren un abasto en sus casas, o algún tipo de negocio informal.
Un efectivo de la Policía regional informó que los policías pagan su equipo de trabajo con su propio sueldo. El cuerpo apenas y les facilita el armamento reglamentario. En el caso de la Policía Municipal de Maracaibo, deben de comprar su propio uniforme. A los que ya tienen tiempo en el cuerpo deben cuidar de no dañarlo, ya que no se les ha proporcionado otro desde hace 4 años.
La Policía regional les suministra a sus uniformados la camisa; el pantalón y las botas deben ser comprados por el oficial, al igual que las balas que utilizan. Caer en un enfrentamiento armado contra algún delincuente puede costarles a los oficiales varios miles de bolívares. Tienen una semana para pagarlas, de lo contrario son suspendidos.
Las unidades vehiculares en las que se transportan deben de ser cuidadas por el ocupante de turno. Las pocas unidades que tiene la Policía regional son mantenidas en su totalidad por los oficiales, tanto los cauchos, como la gasolina, el aceite y el mantenimiento continuo, corre por su cuenta. Los cuerpos policiales que más gozan de la ayuda del gobierno son los de alcance nacional, como la Policía científica y la Policía Nacional Bolivariana.