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Bajo la inspiración de la campaña mediática del oficialismo con motivo del cumpleaños del Presidente, sentí el impulso al igual que hace el Presidente en el micro realizado para los efectos de la celebración de su nacimiento y con el perdón de si le parezco cursi, igual que el micro me dispongo hacer un recorrido por mi vida, hasta el momento de mi futuro e inevitable exilio.
Debe leer esta nota acompañándose en el fondo de una vieja canción de Lluis Llach: “Silenci”.
Nací en La Pomona, bajo un árbol de almendrón, bueno no exactamente debajo del árbol, pues mi mamá parió en una de las habitaciones de la casita de dos aguas que está diagonal al colegio Severiano Rodríguez.
Quiero expresar que no quiero volver a La Pomona y cuando muera no quiero que se pongan sentimentales y quieran emular al presidente Chávez, quien dijo que una vez muerto lo velaran debajo de un inmenso matapalo que está dando sombra en la orilla del Masparro; no señor, nada de colocar mi ataúd debajo del almendrón que me vio nacer, pues ese árbol siempre estuvo lleno de chinches.
Igual que el Presidente jugué beisbol, mas bien “pelota de media”; no era nada malo y aunque nunca tuve en mi repertorio una “rabo ‘e cochino” tenía otros lanzamientos; por ejemplo, “la bola de la cuchara” que es parecida a la de tenedor, pero es distinta.
Igual que Chávez vendí vainas en la calle, no arañas, pero sí unas empanadas que hacía mi tía Estílita. Empezaba a patear la calle a eso de las cinco de la mañana, para desocuparme e ir al colegio a las siete de la mañana.
Antes que Chávez, descubrí a Bolívar muy temprano, pero a diferencia de él no lo endiosé, pero aquí entre nos, me fascinaron algunos capítulos de su vida íntima, especialmente aquellos donde le daba hasta por debajo de la lengua (de manera literal) a Pepita Machado y es que esa mujer era candela pura y bien valía la pena perder una República.
Obviamente no corrí por sabanas coloridas de verde intenso y nunca comí pomarrosa, ni le vi el rabo a una vaca, ni escuché el suave cántico de los riachuelos. ¡Carajo!, correr por la avenida que pasa frente al Cine Lido era jodidísimo y me podía atropellar un carro de Pomona o de Haticos por arriba, que ya en esa época eran bastante viejos. Pero puedo decir que la casa de mis abuelos quedaba cerca de la cañada Cacaíto y allí comía limoncitos, caujaros, frutilla del matapalo y recogía la leña con la que cocinaba mi abuela.
Vuelva a colocar a Lluis Llach y su canción “Silenci”, si leen esta nota sin ese fondo musical no tiene gracia alguna.
No quiero hacer esto mas largo, pues no cuento con el espacio de los medios oficiales como los que cuenta el micro del homenaje a Chávez. Solo quiero dejar constancia que cuando muera que me entierren en el “Corazón de Jesús”, detrás del panteón chino.
Como pueden ver todas las vidas en tiempos ordinarios son también ordinarias. Las podemos contar de mil maneras y llenarlas de batallas que nunca fueron, de sacrificios y penalidades vividas y sufridas por muchos toda la vida, sin darle ninguna connotación especial, porque díganme ustedes, qué carajo puede tener de especial vender arañitas en una calle polvorienta, si todos los días uno ve carajitos harapientos jugándose la vida, toreando carros en la esquina del Centro Comercial La Chinita
No me vayan a llamar presumido, pero viendo las vainas desde cierto punto de vista, a mi solo me ha faltado vestir de militar y dar un golpe de Estado, lo demás son joropos y canciones de Alí Primera.