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Es la sociedad civil, idiota (I)

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“La economía, estúpido”, fue una frase que se usó en la campaña de los Estados Unidos en el año 1992 por parte de los simpatizantes de Bill Clinton en contra de George W. Bush. El mensaje era claro, el foco de atención debía estar en resolver los problemas económicos del país. En esa misma tónica se pudiera decir hoy con respecto a Venezuela, “Es la sociedad civil, idiota”. Cualquier estrategia que no pase por la recomposición del tejido social, y con este de la sociedad civil, está condenado al fracaso. No importa si se trata de una intervención militar extranjera, como en el caso de Irak, o una revolución civil como la de la Primavera Árabe, o incluso una ruta electoral de cambios de élites.

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Sí, el mundo moderno no es Grecia, es mucho más amplio y complejo que una ciudad- estado, pero la idea de “idiota”, entendida como aquel que no se ocupa de los asuntos públicos, sigue estando vigente. Para comprender esto es importante reconocer que las formas de ocuparse de los asuntos públicos son muy diversas, van desde las organizaciones vecinales hasta la membresía en asociaciones nacionales e internacionales, pasando por sindicatos, gremios e incluso, se pudiera argumentar, de los partidos políticos. Ese tejido de ciudadanos, aglutinados en torno a formas asociativas que representan sus intereses, es el corazón de cualquier sistema democrático, como muy bien observó Tocqueville.

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Hablar de sociedad civil frente a regímenes autoritarios luce como un contrasentido, pues estos buscan justamente acabar con cualquier forma de organización que desemboque en acciones colectivas. Sin embargo, en los países del bloque comunista de Europa del Este, en Chile, y en muchas otras dictaduras, la sociedad civil ha jugado un rol fundamental. En este sentido, el caso de México puede dejar lecciones interesantes, recordando que se trata de un sistema en el que un partido hegemónico controló al país por casi un siglo, calificado por Mario Vargas Llosa como la “dictadura perfecta”. Así, si bien cada caso es particular, considerar estos elementos puede ayudar a comprender mejor las alternativas presentes.

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Lo primero que se debe decir de la experiencia mexicana es que fue un proceso largo. Aunque no se puede reducir el proceso de transición a una fecha exacta, sí se pude decir que desde los años 60 se empiezan a gestar los primeros acontecimientos, marcados con la masacre de Tlatelolco en octubre de 1968. Esa fecha marcó un antes y un después en el imaginario colectivo mexicano, afectando lealtades civiles y militares. Durante los próximos años hay quienes optan por las armas, mientras otros optan por la vía pacífica, hasta lograr en 1977 una reforma electoral importante. El 19 de septiembre de 1985 ocurre un fuerte terremoto en México, y es justamente la sociedad civil la que muestra su capacidad de organización. Ese mismo año el Gobierno desmantela su aparato represor.

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Durante la segundad mitad de los años 80 ocurre también algo importante, los partidos de izquierda y derecha empiezan a converger hacia un objetivo común, democratizar el país. A finales de esa década asume la presidencia Carlos Salina, sin embargo, lo hace en medio de un ambiente de elecciones fraudulentas, que si bien no le impiden gobernar lo obligan a reconocer que “ha terminado la etapa hegemónica de un partido”. A pesar de su precaria legitimidad, Salinas logra sortear el sexenio con el apoyo internacional y aliándose con el Partido de Acción Nacional (PAN), uno de los adversarios históricos del PRI. Al final Salinas no cumple con las expectativas de democratización, pero abre un compás.

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En 1994 es electo presidente Ernesto Zedillo, y de nuevo el fantasma del fraude está presente. En esta ocasión las organizaciones civiles están más preparadas y denuncian el fraude con mayores elementos concretos. Como es de esperar el debate post electoral es entre la legalidad y la legitimidad, y finalmente Zedillo reconoce que su triunfo fue “legal”, pero “inequitativo”. En 1996 el propio Zedillo promueve una reforma electoral importante y marca distancia con el PRI. Con estas reformas los gobiernos locales adquieren mayor importancia, y con ellos sus liderazgos. Ya en 1997 el PRI pierde la mayoría en la Cámara de Diputados y pierde la capital. En el año 2000, Vicente Fox, del PAN, es electo presidente.

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